NACIDA DEL AMOR, LA OBSESIÓN Y LA LOCURA

En 1999, Martin Miller y sus dos amigos, David Bromige y Andreas Versteegh, dieron el pistoletazo de salida a la nueva ola de la ginebra con el lanzamiento de Martin Miller’s.

Imagínate un bar tranquilo de Notting Hill Gate un día cualquiera de finales del verano de 1998. Tres amigos descansan en torno a tres gin-tonics de aspecto deprimente.

Uno de ellos, un tal Martin Miller, remueve los hielos aguados de su bebida mientras murmura en voz baja para sí mismo. De repente, aparta su copa, levanta la cabeza y pregunta a los demás:

—¿Sabéis qué voy a hacer?

—No —respondieron sus amigos—.

VOY A FABRICAR MI PROPIA GINEBRA.

—¿Pero tú qué has estado bebiendo? —preguntaron (no era la primera vez que le escuchaban este tipo de afirmación)—.

Como respuesta, Martin les devolvió una pregunta:

—Imaginaos que el tiempo y el dinero no supusieran ningún problema. ¿Qué necesitaríamos para fabricar la ginebra perfecta?

Sus amigos se encogieron de hombros.

—¿Sabéis lo que pienso?

Sus interlocutores sabían que no les quedaba más remedio que escucharlo.

—Yo creo que ninguna ginebra debería saber como esto —dijo arrugando la nariz—.

¿No se supone que la ginebra tiene que saber bien? No, más que bien, debería saber genial, incluso al beberla sola.

Empezó a jugar con una rodaja de limón mustia, pinchándola con la punta de un palito de cóctel con aire distraído.

—Al fin y al cabo, la ginebra no es un licor neutro y aburrido sin más. La ginebra es la bebida más seductora del mundo.

UNA BUENA GINEBRA DEBERÍA CONSEGUIR QUE LA AMES.

Estaba empezando a emocionarse con el tema.

—Miradlo desde esta perspectiva —continuó—. La ginebra es la historia del mundo condensada en un vaso. La ginebra ha impulsado revoluciones sociales, ha elaborado leyes y ha quebrantado leyes. Es más, ni siquiera habría existido si Marco Polo y el resto de viajeros no hubieran seguido la Ruta de la Seda.

Se detuvo un momento.

—O, por ejemplo, supongamos que Colón no hubiera ido en busca de las Indias y se hubiera perdido en América. Tampoco habría ginebra. No —dijo con vehemencia—,

no es solo la historia condensada en un vaso, también es romance y aventuras.

Siguió escrutando su vaso y preguntó a sus amigos:

—A ver, decidme, ¿qué tiene de romántico el vodka?

Antes de que les diera tiempo a abrir la boca, Miller ya tenía la respuesta.

—El vodka es una medicina, no una bebida. Un triunfo de la ciencia sobre el corazón.

Miró a sus amigos y volvió a preguntar:

—Vamos, ¿qué amor puede haber ahí?

Sus amigos pusieron cara de hastío.

LA GINEBRA NACE DEL CORAZÓN

—¿Pero qué más podríamos aportar nosotros a la ginebra? —preguntó uno de sus amigos—. —¿No tendríamos que tener una especie de truco o ingrediente secreto? —dijo el otro—.

Martin explotó:

—¿Es que no entendéis de lo que estoy hablando? —bramó (nunca había sido de los que aguantan tonterías)—. No quiero crear una ginebra excéntrica que se convierta en un éxito pasajero y que huela como el cuarto de una señora mayor. Quiero crear un clásico moderno, una ginebra para todos lo que sepan apreciar una buena ginebra.

Siguió hablando, esta vez con más calma:

—Como ya he dicho, la ginebra, por naturaleza, tiene que resultar seductora, y yo quiero que mi ginebra sea la más seductora de todas.

Cogió una servilleta de papel y empezó a garabatear una lista:

—Utilizaremos enebro de la Toscana y la India, corteza de casia de China, rastrearemos todo Francia para encontrar la mejor angélica y obtendremos el lirio de Florencia en Florencia, ¡cómo no!

Miró a sus amigos y continuó:

—Hablo en serio, mi ginebra va a tener el aroma de las flores orientales al anochecer y la fragancia de las arboledas de naranjos de una noche cálida en Sevilla. Y quiero que me susurre al oído al igual que una hilera de abetos meciéndose con el viento invernal —murmuró mientras miraba al vacío con aire soñador—.

Sus amigos se miraron perplejos mientras Martin repasaba su servilleta, marcando todos los detalles de su lista con un ademán exagerado.

—¿Y la destilación? ¿Cómo la harías? —preguntó uno—.

—¿No es evidente? —respondió de inmediato volviendo de su ensimismamiento—.

ENCONTRAREMOS AL MEJOR DESTILADOR DE INGLATERRA

y le pediremos que utilice únicamente los métodos más tradicionales. Nada de esas bandejas de bayas modernas ni de alambiques Carter-Head.

La mera idea le hizo arrugar la nariz con asco.

—Insistiré mucho en el punto de corte del destilador, tiene que hacerse justo en el corazón del licor. Un corte elegante como un traje de Savile Row y, al mismo tiempo, delicado y refinado como el Bentley clásico que tenía hace un tiempo.

Comenzó a reírse entre dientes para sí.

—Eso es. Quiero crear un clásico moderno, pero de tradición renovada. Será una ginebra fresca y suave como ninguna otra.

Se paró a pensar durante un segundo y, a continuación, con una floritura final, concluyó:

—Una atención obsesiva hasta el más mínimo detalle. Ese será nuestro ingrediente secreto.

—¿Creéis que la distancia realmente aporta encanto? Evidentemente, hay quien puede pensar que el secreto está en el agua —dijo Martin rompiendo el silencio imperante—.

—¿A qué te refieres? ¿Qué secreto? —preguntaron sus amigos—.

—Las demás ginebras utilizan agua desmineralizada.

Sus amigos parecían perplejos.

—Sí, vale, ¿y qué? —le dijeron—.

—¿Sabéis cómo llaman los islandeses al agua desmineralizada? Agua muerta, ni más ni menos.

—¿Muerta? —preguntaron con un rictus inexpresivo—. ¿Cómo que muerta?

—Los islandeses creen que al procesar o desmineralizar el agua se pierde algo… su fuerza de vida.

—¿Fuerza de vida? —inquirieron mirándolo con incredulidad—.

—Sí —les dijo—.

Después, continuó con su discurso como si estuviera hablando con un niño:

—Hasta la fecha, los islandeses creen que los elfos y los espíritus viven en todas las cosas. Los llaman «las personas ocultas», y creen que confieren vida a la naturaleza. Se los trata con muchísimo respeto. Viven en las rocas, en las cuevas y, por supuesto, en el agua.

LOS DOS AMIGOS ESTABAN INCRÉDULOS.

—Vale —les dijo—, no es el único motivo por el que debemos utilizar esa agua. No es solo porque vivan las hadas en ella, sino porque es el agua más pura de la tierra, y también la más blanda.

Los miró esperando a que entendieran lo que acababa de decir.

—Vale, pensadlo de otra forma. Imaginaos el agua que caía en forma de lluvia cuando la tierra era más joven y el planeta estaba menos contaminado. Ahora pensad en esa misma agua que ha tardado milenios en filtrarse a través de cientos de metros de granito y lava hasta dar lugar a un agua pura y blanda como ninguna otra. Y lo mejor de todo —añadió—, es que es perfecta para mezclar la ginebra.

Sonrió para sí y continuó:

—Si alguna vez necesitáis una prueba de que la distancia aporta encanto, os bastará con darle un sorbo a la ginebra Martin Miller’s.

Su amplia sonrisa recordaba a la del gato de Cheshire.

—Martin Miller’s, la ginebra con más encanto del mundo.

—¿Así que pretendes enviar la ginebra a 1500 millas de aquí solo para añadirle agua? —preguntaron sus amigos con incredulidad.

—Sí —replicó sin dudar.

—ESTÁS LOCO —DIJERON—. HAGÁMOSLO.